jueves 27 de agosto de 2009

Cantos de sireno

Ligia era una pequeña y simpática sirena que vivía en lo más hondo del océano, rodeada de su familia, amigos y sirenos varios, que un día conoció por casualidad, vagando distraída por su mundo submarino, a un sireno de lo más cautivador. Éste la atrajo hacia sí con los mismos cantos que ella había inventado y usaba de vez en cuando sin malas intenciones para divertirse.
Después de un tiempo relativamente corto de nadar y besuquearse entre corales, él se la llevó de pronto a la superficie, donde la pobre Ligia fue testigo de cómo la preciosa cola de su sireno se convertía en dos horribles piernas. Pero la cosa no quedó ahí, pues a ella la convirtió en un pez, un vulgar pececito naranja con una misérrima esperanza de vida. Por suerte para ella, ni sentía nostalgia por el océano, ni padecía la indiferencia de su amado ex-sireno que la había metido en una pecera, y esto tenía una muy sencilla razón: como buen pez que era, olvidaba cualquier suceso casi al instante de ocurrir.
Así pasaron unos meses durante los cuales su nuevo amo de vez en cuando se asomaba a la pecera, tal vez le daba un poco de comer, y la hacía feliz un ratito. Después se iba sin más, y el cerebro de ella borraba automáticamente por qué estaba cautiva en aquella pecera, viendo el mundo sólo a través del cristal, y sin nadie que la comprendiera cuando hablaba, pues de entre sus labios sólo salían burbujas.
Pero el océano no estaba lejos, como descubrió un buen día en que su ex-sireno dejó abierta la ventana que había junto a la pecera. A través de esta, empezó a colarse el rumor de las olas... y algo más. Ligia no pudo evitar pegar la cara al cristal que le distorsionaba el mundo, y escuchó con atención aquel canto que le sonaba familiar.
Lo bueno de la historia es que después no pudo olvidar más esos sonidos, y el día en que su amado ex-sireno no supo qué más hacer con ella y la tiró por la taza del váter, ella estaba lo suficientemente viva como para nadar camino del océano en lugar de dejarse arrastrar a las alcantarillas.
No sabía cuánto tiempo tardaría en olvidar al sireno que tan monstruosamente se había convertido en humano, pues ella volvía a ser sirena, y su memoria, por degracia, también era la misma de siempre. Lo único que sabía es que era libre para irse a jugar con los otros sirenos entre los corales. Y si alguna vez volvía a sentir ganas de seguir a uno más allá de los corales, ya se aseguraría ella de que éste no    acacaba perdiendo su... colita.

sábado 22 de agosto de 2009

La tristeza lleva una b

Esta historia que os voy a relatar, es la de una chica que, por alguna inextricable razón, tenía miedo al aburrimiento, a la costumbre y a la alienación. Aunque todo esto, ella no lo sabía. Tampoco era una persona complicada, sólo lo bastante inteligente como para no detenerse a reflexionar las cosas dos veces, tanto antes como después de hacerlas, o de que fortuitamente ocurrieran.


Su vida había sido convulsa. Demasiado. Con la perspectiva del tiempo, a veces pensaba que no sabía cómo había podido sobrevivir a tanto altibajo. Entonces se daba cuenta de que empezaba a darle vueltas al tema, y lo dejaba estar poniendo su mente en algo intelectualmente satisfactorio.


Altibajos. Esa era la palabra. Tal vez, sin querer, había adoptado ese patrón como modo de vida después de que dejaran de suceder fuera del alcance de su voluntad. Y si algo sabía de ellos, y podría decirse que sabía mucho, era que la tristeza que provocaban nunca duraba demasiado porque, al fin y al cabo, todo el mundo tenía millones de razones para olvidar todo lo malo, y, casi sin darse cuenta, dejarlo atrás. De hecho, su conclusión (inconsciente, por supuesto), era que la felicidad duraba tanto como para aburrirla. Aun así, ella no buscaba la desgracia, sino un cambio, un cambio que la hiciese sentirse cómoda con la felicidad para siempre.


Y ahora cualquiera podría pensar: esto significa que no era feliz. Pero ese es un juicio demasiado apresurado, porque claro que lo era. Todo el mundo es tan feliz como cree serlo, y, efectivamente, ella lo creía firmemente. Demasiado, a pesar de sus circunstancias. Había algo en su felicidad que la hacía rebelarse, pues también se daba cuenta de que todo el mundo tenía millones de razones para olvidar todo lo bueno, y, casi sin darse cuenta, ser incapaz de seguir adelante; y en realidad, ¿qué razones tenía ella para no ser infeliz?


Las únicas personas que podían llegar a comprenderla a ella y a sus raras conclusiones, eran aquellas escasas personas dotadas con la virtud de leer sonrisas. Y por supuesto, ella tenía una de esas que todo el mundo catalogaba como preciosa y cálida. Pero como ya he dicho, no todos sabían leer sonrisas, y en el mundo de Rebeca (la llamaremos así), eso era muy importante.


Una vez, durante uno de esos altibajos provocados por fuerzas que escapaban a su control, alguien le preguntó: “¿Cómo consigues mantener la sonrisa a pesar de esa mirada tan triste?”. Rebeca no supo qué contestar, pues nunca había sido consciente de que su cara expresaba tal contradicción para quienes no sabían leer sonrisas. A partir de entonces intentó hacer algo para que su mirada no la delatara, así que cuando sonreía, entornaba mucho los ojos, tanto, que cuando sonreía, momentáneamente se parecía a las chinas que trabajaban en el restaurante de la esquina de su casa, pero también parecía la persona más feliz del mundo. Al cabo de los años, se había acostumbrado a sonreír así, y no le salía hacerlo de otra manera. Todo el mundo, y con todo el mundo me refiero exactamente a eso, pensaba que Rebeca era la felicidad andante.


Si el lector ha estado atento y recuerda el principio de la historia, cuando explicaba la forma de ser de la protagonista, será capaz de adivinar qué sucedió a continuación con tanta felicidad que provocaba alrededor su sonrisa. ¡Exacto! Se cansó. Harta de que su alegría se hubiera convertido en conformismo, pues habían aparecido millones de razones para que su sonrisa se curvara hacia abajo, y no lo hacía porque ya no sabía cómo, Rebeca dio uno de los primeros pasos importantes de su vida, y se fue a recorrer el mundo ella sola en busca de algún lector de sonrisas que supiera leer en la suya.


Y aquí es donde llegamos, meses después, a la abarrotada estación de tren de una enorme ciudad de un país muy lejano al suyo, donde Rebeca, sentada en un banco de madera junto a la pared, contemplaba extasiada a una banda de jazz, que se esforzaba en hacerse oír por encima de la muchedumbre, con la esperanza de que alguna de aquellas almas fuera tan caritativa como para echarles unas monedas. Mientras escuchaba, ella intentaba decidir si se quedaría un día más en aquella ciudad, o si cogería el próximo tren hacia no sabía dónde.


Un buen rato después, la banda terminó de tocar y los músicos empezaron a recoger sus instrumentos. Tal vez la falta de acordes que adornaran los sonidos de aquella estación, fue lo que la hizo ponerse en pie y dirigirse a la taquilla, destino que nunca alcanzó, pues, por el camino, alguien le dijo suavemente al oído: “tu sonrisa me está tocando un blues”.


Para no faltar a su costumbre, Rebeca no supo qué responder, y se limitó a sonreír al músico que hacía un rato tocaba el saxo con el resto de su banda de jazz. Éste, sin más dilación, volvió a desenfundar su instrumento, y empezó a tocar. Era la melodía más triste y más hermosa que Rebeca hubiera escuchado nunca. De pronto pensó que estaba muriendo, pues toda su vida empezó a desfilar ante sus ojos. Este blues contenía escenas olvidadas, discusiones, gritos, muertes, distancias, desilusiones y desengaños. Todo eso, tan fácil de interpretar por un hábil lector de sonrisas. Y se dio cuenta de que se había escondido demasiado.


Muchas horas después, se volvió a levantar del banco de madera donde se había dejado caer de nuevo tras irse los músicos, y con mucha determinación, se dirigió a la taquilla.


“¿A dónde se dirige, señorita?”, le preguntó el taquillero amablemente.


“A casa”. Quería volver y mostrar a todos qué había pasado dentro de ella todos aquellos años sin que nadie fuera capaz de verlo remotamente. Y después seguir conociendo a gente que leyera en ella, y a gente que necesitara ser leída. Ida y vuelta, por favor.


Seguiría sonriendo, ¿por qué no? Pero a partir de aquel momento, si era necesario, lo haría con mucho blues…

viernes 24 de abril de 2009

Más frágil que el humo

Hacía ya un rato que el cigarrillo se había consumido, y pacientemente esperaba que la última brasa, depositada dentro del paquete de tabaco vacío, se consumiera. El cartón cada vez quemaba más entre sus dedos, y la llama parecía no querer apagarse. Si soplaba, sólo conseguía encenderla más, y dejándola tal cual, se mantenía viva. El plástico que envolvía la cajita empezaba a encogerse por la temperatura. Cerró la tapa para que el aire no siguiera insuflándole vida, y dejó el paquete de tabaco sobre la mesa. Minutos después lo volvió a tocar. Aún transmitía algo remotamente parecido al calor. Volvió a abrir la tapa y miró adentro. Allí sólo había cenizas. De repente vio como, por arte de magia, la llama cobraba vida de nuevo.

El mejor medio para apagar una llama, es quitarle el aire. El mejor medio para mantenerla por siempre, dispuesta a resucitar, es guardarla donde nadie la dañe, y darle un poquito de aliento de vez en cuando.

sábado 4 de abril de 2009

Lo que todos dicen y hacen, versus...

Nos empeñamos en que la relación de pareja que funciona, es esa en la que dos personas se ven muy a menudo, lo comparten todo, acaban adaptando sus gustos, horarios y amistades a los del otro, o incluso sacrificando estas cosas para no defraudar a la otra persona. Sostenemos que una relación de pareja que funciona es aquella en la que los dos se mueren si no están el uno con el otro, si tienen que estar lejos. Es ideal cuando hay algún tipo de sometimiento en detrimento de uno y a favor del otro, porque se supone que ambos ceden, pero siempre cede uno más que el otro. Por supuesto, sin querer; cuando dos personas se necesitan tanto, estas cosas no van con mala intención. Si una persona no te necesita es que no te quiere, ¿no? Si no se muere por ti, otro tanto de lo mismo. Y ya no hablemos del resto.
O mejor, sí, hablemos de todo ello. ¿Qué bien le hace la sociedad a una pareja atípica? Con pareja atípica quiero decir: la que no se ve a menudo porque uno de los dos está enfrascado en un proyecto muy importante. La que no tiene sexo demasiado a menudo porque no tienen tiempo para ambas cosas: disfrutar de la compañía y practicar sexo sin prisas, y elige hablar mientras se miran a los ojos. La que se está preparando para pasar una temporada muy larga separados por cuestiones de trabajo, y prefieren amoldarse a ello antes de la separación real, en lugar de aprovechar cada minuto para pasarlo juntos. La que no sale con los mismos amigos del otro para no dejar que estos acaben metiéndose de por medio con chismes y opiniones. La que no habla a todas horas y a todo el mundo de la otra persona porque prefiere guardarse sus tesoros para sí. La que planifica lo que va a hacer durante la semana dándole igual importancia a los amigos que a la pareja, y si no nos vemos esta semana, pues a la siguiente, y no pasa nada. La que habla todos los días durante un buen rato ya sea virtualmente o por teléfono, aunque no en persona la mayoría de ocasiones. La que quiere preservar su libertad y no pertenecerle a nadie. La que no quiere verse con prisas, y si puede sacar diez minutos, no los aprovecha porque luego la visita sabe a poco. La que no hace regalos en fechas señaladas, porque prefiere comprarle cosas a la pareja cuando ve algo que le gustaría seguro, aunque no se lo vaya a dar hasta dios sabe cuándo. La que no habla de amor, porque es más práctica y habla de cómo afrontar su próxima separación con cabeza para poder seguir juntos cuando todo acabe. La que no se dice lo guapo que está el otro, a no ser que salga espontáneo en medio de la conversación, y después se sigue hablando como si tal cosa. La que deja que se le noten muy poco o nada los celos porque al fin y al cabo estos son irracionales y solo destruyen. (Por favor, si alguien conoce más ejemplos de parejas atípicas, que me lo diga).
¿Y ahora qué pensaríais si os digo que todo lo que he nombrado antes, se puede llegar a concentrar en una sola pareja? ¿Os resultaría extraño? Últimamente estoy comprobando que, para mi gran decepción, muchas personas a las que yo consideraba excepcionales, rechazan como válido este tipo de relación porque no lo soportarían, y no sólo eso, sino que si tuvieran a alguna de sus amistades metida en algo así, le prevendrían diciéndole: no creo que esta persona te quiera, no sé por qué está contigo si no demuestra de verdad que lo desee. Y esta opinión, como digo, sin conocer a una de las partes, y sin haber visto a ambas personas juntas. En casos tan extremos, por supuesto, hay que considerar muchos factores, tales como las necesidades por encima de los deseos, ya que en muchas ocasiones ambos están reñidos. ¿Cómo puede alguien juzgar e incluso influenciar a una persona para que rompa algo que necesita que sea así, porque no es igual a lo que se supone que tiene que ser? ¿Por qué presuponen que el “todavía no se puede llevar de otra forma” va a durar eternamente? ¿Acaso eso que llaman “amor verdadero” convierte a las personas en gelatina pegajosa y les dota de una sabiduría cósmica capaz de diferenciar lo que es amor de lo que no, dejando a todos estos afortunados encargados de difundir su palabra?
Para terminar, he aquí unas cuantas perlas que he escuchado a lo largo de los últimos meses sobre relaciones así:
-“Yo no sé cómo ella aguanta estar así” –ajá, presuponiendo que ella no tiene nada que decir…
-“Si dentro de una semana todavía no la ha visto, que se preocupe” –ajá, la habrán abducido los extraterrestres.
-“Es que sin sexo diario no hay conexión” –ajá, durante el sexo se intercambian importantes cadenas de nutrientes de la comunicación.
-“Es que si no hacen cosas juntos a menudo, no tendrán nada en común” –ajá, es que si se atrajeron desde un primer momento, no es porque tengan cosas en común, claro.
-“Aparecerá otra persona que le dará más de lo que está recibiendo ahora” –ajá, ¿entonces eso es lo que necesita?
-“Así no se puede ser feliz” –ajá, porque el amor es el 100% de la vida de una persona.

viernes 3 de abril de 2009

1, 2, 3, relax...

Creo que me hace falta echar un poco la vista atrás para verme a mí misma hace exactamente un año. A pesar de mi caos y mis contradicciones, puedo decir que no me disgustaba nada cómo era y cómo hacía las cosas. Los cambios son buenos, necesarios, inevitables casi siempre, pero a veces se llevan también partes muy positivas de la persona sobre la que están actuando. En mi caso, se han llevado la capacidad para abstraerme del mundo real, imaginar historias, situaciones, escenarios, y después plasmarlos. Se han llevado incluso el interés por hacerlo.

A veces me vienen a la cabeza expresiones como creatividad seca o imaginación drenada. Me sucede, por supuesto, cuando pienso en mí y en lo absorbida que estoy por banalidades como sobrevivir sin morirme de hambre y pagar el alquiler al mismo tiempo (qué risa, ¿verdad? ¿A quién le puede interesar tal tontería?). Después leo mis propios escritos (los de hace ya tiempo), y me veo incapaz de volver a repetir algo semejante, y sin ánimo siquiera para intentarlo. No sé si ahora mismo podría pensar metafóricamente en mi propia vida como lo hacía antes, aunque tal vez sea bueno que no lo haga más, ya que decidí “emprimeropersonarme” para dejar de crear confusión.

Quizás en medio del cambio haya un periodo llamado vacío (y esto no es la primera vez que me lo planteo), y de ahí mi incapacidad para saber en qué punto me hallo, por qué reacciono a las mismas situaciones de antes de manera completamente distinta, en qué tipo de persona me estoy convirtiendo, y si este drenaje cerebral se resume en una pérdida de interés hacia aficiones anteriores, o en un cambio en la manera de enfocarlas y realizarlas.

Esta misma tarde, después de pasar uno de esos días fatales (y menos mal que excepcionales) en el trabajo, necesitaba relajarme. Me he visto en casa sentada en el sofá delante del ordenador, rodeada de un inusitado silencio, y no sé por qué, he entrado en mi blog, cuya lectura, por extraño que suene, me ha dejado mucho más apaciguada y metida en mi misma, desechando las preocupaciones que vienen del exterior: alumnos bordes, sueldos justos, amoríos, separaciones y distancias, exámenes inminentes… Es decir, las cosas que más pesan en la mochila, que no me la quito ni para estar aquí sentada “relajándome”.

A ver si ahora en levantarme, la señal de mi trasero en el sofá no es tan honda como otras veces, lo cual querrá decir que yo misma estoy mucho más ligera, y que estoy empezando a volver a este mundo más allá del real, que igual va a ser que lo necesito y todo.

miércoles 22 de octubre de 2008

Encontrando a mis gaviotas


Gracias al consejo de un compañero de trabajo, y haciendo algo sano por fin para mi estado de ánimo, un tanto alterado por la soledad y la falta de una prueba de correspondencia, esta tarde decidí bajar al río a pasear. Sí, sí, así como suena de pueblerino.

El caso es que esta mañana me preguntaban si ya había visto cómo habían saneado las orillas del Ebro, y si había paseado por allí. Por supuesto, verlo, sí lo había visto, pero nunca se me había ocurrido bajar las escaleras del puente sola para mirar más de cerca.

Al llegar a casa tras el trabajo, la perspectiva de pasar otra tarde entera sola sentada en el sofá me tocaba bastante la moral, la falta de respuestas a mis llamadas terminaba de desesperarme, y con el recuerdo de mi ordenador estropeado, mi humor ya se bañaba en las aguas de la alcantarilla más cercana.

De repente, como Lázaro con el famoso "levántate y anda", me puse en pie pensando: "todavía no has encontrado tu rincón relajante en esta ciudad, y está claro que esta esquina del sofá no lo es" (no el sofá en general, ya os lo digo yo), y ni corta ni perezosa agarré mi mochila, metí un libro en ella, y bajo el puente que me metí. A lo largo de la orilla del Ebro, se ha habilitado una especie de paseo estrecho (esto no lo sabía, me lo contaron esta mañana), por donde la gente pasea o hace deporte. Y todo esto respetando la vegetación, que es lo más admirable.

Andando iba, en busca de una sombra donde aposentarme, cuando me dio por acordarme de Alice en mi historia "Palomas al Caer la Tarde": una niña de catorce años, a la que se llevan lejos de su casa, de la ciudad a un pueblo, donde consigue encontrar su lugar solitario y particular en el que escaparse de la frustración que le provoca todo lo demás. Las gaviotas merodean siempre por las proximidades de su escondite, y al final la conocen tanto que ni siquiera huyen de ella.

Sintiéndome estúpida por haber sido capaz de comprender a los 16 años, (cuando escribí la historia), las necesidades de una persona que no sabe exactamente qué le pasa, pero por no haberme dado cuenta de ellas 10 años después, cuando las necesidades no las tiene un personaje de ficción, sino yo misma en la realidad, paseé un rato entre las piedras del lecho del río y por el camino abierto tras los árboles. Finalmente me senté en un banco de madera, frente aunpino cuyas ramas me procuraban una fresca sombra. Tras este escudo de agujas el sol brillaba inclemente. Saqué mi libro y, en la tranquilidad de aquel lugar, por fin no sólo leí, sino que disfruté con la lectura.

Cuando el sol empezó a declinar, me levanté y me dirigí al puente para volver a casa. En la historia de Alice, cada vez que esta se marcha a casa después de un rato de relax en su escondite, las gaviotas la acompañan por la cala y la playa. Pues precisamente, al pisar de nuevo las piedras en la orilla del Ebro, vi los pilares del puente de Santiago y no pude evitar sonreir. Fue como si me dijeran:"piensa un poquito en ti misma, niña, que vales más sola, que a la espera de los demás".

Os parecerá una tontería, pero lo que me hizo reencontrarme conmigo misma aquella tarde, fue que los pilares de este puente tienen (o eso me pareció) forma de gaviota.

jueves 7 de agosto de 2008

La Calle de las Almas en Pena

Asomada al ventanal que daba a la destartalada calle peatonal por la que sí circulaban los vehículos, me dedicaba a observar el movimiento de los variopintos personajes que poblaban aquel enjambre de personas que habían ido a parar al mismo lugar que yo. El negro de expresión tímida que se había plantado a mi lado en el portal mientras yo buscaba la llave seguía deambulando por allí cerca, en busca, tal vez, de alguien que le diera un poco de amor, aunque fuese ficticio.
Un poco más allá, cerca de la esquina donde empezaba el adoquinado, frente al parque de bomberos, otro grupo de negros se reunía para bailar y beber al ritmo de la música que salía de sus casas, aprovechando que era viernes de madrugada. Dos sudamericanos pasaban bajo mi ventana en aquel momento; uno de ellos le relataba al otro una historia truculenta con una mujer en un tono de la más exultante desesperación.
Al otro lado de la calle, un vándalo se dedicaba a derribar los contenedores de basura, mientras un borracho giraba la esquina haciendo eses, confundido de repente, pues probablemente veía repetido al desaliñado mendigo que, en su cabizbajo caminar, se acababa de topar con él.
El negro que me había rondado como una abeja a un panal volvió a aparecer en escena. Parecía perdido y solo. Suspiré. Era la segunda noche consecutiva que me confundían con una puta. L ya me había dicho que no me preocupara por mi imagen, que no es que yo tuviera pinta de furcia, sino que probablemente, teniendo en cuenta lo que ofrecían las que de verdad ofertaban sus servicios una calle más arriba, aquellos dos individuos se habían hecho ilusiones de encontrar a una que no tuviera pinta o de ser demasiado mayor, o una yonqui en el peor de los casos, sin pasar por todos los estados intermedios entre un punto y otro.
Volví a suspirar mientras miraba de nuevo a uno y a otro lado de mi calle. Hacía tres semanas que me había mudado, y entonces había tenido la sensación de que no pegaba ni con cola en aquel ambiente. Aquella era la típica zona que una chica como yo, si hubiera nacido en esa ciudad, evitaría gustosamente. Así eran las calles del casco histórico de las grandes ciudades, suponía yo. Tan sólo a dos pasos de la zona turística. Toda aquella gente había llegado allí de lugares mucho más lejanos que de donde yo provenía, y lo más seguro es que hubieran llegado también solos. Tal vez no fuera tan diferente a ellos. Yo tampoco conocía a casi nadie en la ciudad, estaba buscando trabajo, con la consecuente angustia de observar la perspectiva de vivir bajo un puente si esta opción fallaba, aunque sabía que me merecía que todo saliera bien, aparte del esfuerzo que estaba poniendo en ello. También yo había llegado hasta allí buscando empezar de cero, y me había atrevido a dejarlo todo y enfrentarme a lo que ahora me rodeaba.
De nuevo volví a pensar en aquel mendigo, en el borracho, en el vándalo, en el negro solitario, en las meretrices yonquis de la esquina, y después pensé en el otro grupo, el que formaba una unidad, el de gente que se reunía, bailaba y reía. Estaban lejos de todo lo que alguna vez habían querido, pero se habían encontrado entre ellos y se habían dado lo que necesitaban. Por mi talante optimista, supe que yo también volvería a estar así muy pronto, y que no acabaría como el primer grupo de almas en pena que había nombrado.
Lo que me diferenciaba de esta alegre gente, es que la extranjera, por el momento, era yo. Pero por poco tiempo. Si tenía que ser una extranjera, al menos que no fuera en mi propia tierra.